
Cuando Alí Babá cerró su negocio de la esquina, se quedó con una mano delante y otra detrás. No sabía qué hacer… ¿cómo les diría a los cuarenta ladrones que tenían que volver a su antiguo oficio de robar sucursales bancarias?
Se sentó a reflexionar. Su situación era crítica: en el ecuador de la vida todo aquello por lo que siempre había luchado parecía venirse abajo. Se acabaron los cines de verano, los paseos por el parque, las novelas policíacas, la música jazz, los paisajes al atardecer. También tendría que renunciar a la pasión de escribir.
Era como si se estuviera comiendo los mocos.
-Cállate, cállate -le gritó a su cerebro. Esta historia no había empezado tan mal; has roto la magia.
Iba a cantarle las cuarenta, cuando un vagabundo se le acercó pidiéndole su número de teléfono.
-¿Cómo?
-Sí, ha oído bien, le estoy pidiendo nueve dígitos, un código numérico que me permita entrar en su vida. Sólo de esa forma podré ayudarle.
Dudó por un momento. ¿Qué podía perder?
Sacó 40 céntimos del bolsillo y se los dio. El vagamundo los cogió y se puso una moneda en cada ojo. Apuesto a que acabas de hacer cálculo mental. No merece la pena, concéntrate en lo que te cuento. Alí esperaba que lo dejase tranquilo y así fue durante el tiempo que estás empleando en leer este renglón. Venga, hombre, estás leyendo despacio a cosa hecha, seguro que los periódicos que te dan por la calle son menos interesantes… esto es literatura de consumo… pero de la buena.
Si te encuentras un poco perdido, no te preocupes, te ayudaré a encontrar la senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido los 40 principales ladrones de sueños.
Ahora no te los voy a poder enumerar, no pretendo robarte el sueño (el de las sábanas).
Toma nota: mi teléfono es el 440 40 40 40. Llámame cuando cumplas los 40. Te lo he dicho 40 veces: apaga el ordenador y sal a tomar el fresco, sal a contemplar la realidad y no te preocupes por el futuro. Déjalo todo en manos del vagamundo: tú y él sois la misma persona. Los 40 ladrones eran las máscaras que utilizaba Alí Babá para que no lo reconocieran. El vicio de escribir de madrugada sin h se lo debo a un puñado de sueños que colecciono cuando paseo por el parque, entro en un cine de verano, escucho jazz o contemplo el paisaje al atardecer cuando tú y yo somos dos vagabundos, dos peregrinos al azar que un día se sonrieron sin motivo.
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